3. No hay ciencia sin comunidad (digital)
Durante mucho tiempo, la investigación se ha asociado con la imagen del estudioso solitario, rodeado de libros y entregado por entero a sus ideas.
Sin embargo, ya Aristóteles recordaba que el ser humano es, por naturaleza, un ser social. También el investigador lo es. Ningún conocimiento se construye completamente en soledad: las ideas crecen en el diálogo, en el intercambio y en el encuentro con otros.
En la galaxia Google, esta dimensión social de la ciencia adquiere nuevas formas.
De la torre de marfil al entorno digital
La torre de marfil parece desvanecerse porque las redes sociales han abierto nuevos espacios para la investigación. Herramientas como ResearchGate, Google Scholar, ORCID, LinkedIn o Academia.edu permiten localizar publicaciones, seguir el trabajo de otros investigadores y establecer conexiones con personas e instituciones de todo el mundo.
En el ámbito de la literatura hispánica, estas plataformas facilitan el descubrimiento de nuevas líneas de investigación, la difusión de resultados y la creación de posibles colaboraciones académicas (proyectos de investigación entre diferentes entidades, charlas...).
Un despacho con puertas y ventanas
Mi primera aproximación a ResearchGate me ha permitido comprobar que la investigación digital no consiste únicamente en acceder a información, sino también en formar parte de una comunidad científica.
La plataforma favorece la visibilidad del trabajo investigador y ofrece la posibilidad de seguir a especialistas, conocer proyectos en curso y generar nuevas oportunidades de colaboración. De hecho, he encontrado en esta red a una investigadora que reseñó una antología en la que yo escribí el texto introductorio y he podido agradecerle su trabajo.
Comparto mi perfil de ResearchGate e inserto el código QR de acceso al mismo:
El mapa antes del viaje
El Entorno Personal de Aprendizaje es, en cierto modo, la cartografía de los hábitos de cualquier investigador. En él se reúnen las herramientas que se emplean para buscar información, organizar referencias, gestionar la identidad digital y difundir el conocimiento. Su diseño permite tomar conciencia de que investigar también implica aprender a moverse con criterio por los espacios digitales.
En este sentido, Symbaloo es especialmente útil para construir el PLE del investigador y actualizarlo de manera cómoda e intuitiva. Los recursos incluidos en mi Symbaloo están agrupados en cuatro categorías o acciones: comunicar, organizar, compartir y buscar información.
Aprender también es sembrar
El recorrido por herramientas, contenidos y aplicaciones ofertado en este curso me ha llevado a entender la investigación desde una perspectiva más abierta y conectada. La tecnología no sustituye el pensamiento crítico ni el rigor académico, pero sí amplía sus posibilidades. Un buen ejemplo de ello es el software social, que demuestra que la investigación se enriquece por la interacción entre los miembros de un mismo equipo.
Por tanto, investigar en el siglo XXI significa, además de producir conocimiento, compartirlo de manera óptima, hacerlo visible y participar en las redes humanas y digitales que lo hacen posible. Porque, en definitiva, no hay ciencia sin comunidad… y hoy esa comunidad es también digital.

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